Atenas

Nuria del Saz

 

15/05/03

 

 

Los colores del alba en Atenas nos recuerdan a los de cualquier ciudad que se despierta temprano gris y bulliciosa, cosmopolita, mezcla de culturas y gentes que dejaron sus huellas a lo largo de los siglos. Queremos conocer la capital griega, cuna del arte clásico en tiempos de Pericles que, estos días, se prepara para celebrar los Juegos Olímpicos en 2004.

Nos han recomendado una estancia de dos o tres días máximo, suficientes para visitar aquellos lugares de gran interés, ya que las mayores bellezas de este país, tanto en lugares como en zonas arqueológicas, se encuentran fuera de la capital.

Lo primero que hacemos al salir del hotel es localizar un lugar donde disfrutar de un típico desayuno griego. Los sabores de la dieta mediterránea permanecerán en nuestra memoria una vez hayamos regresado a España. No nos resulta difícil encontrar una cafetería. Pedimos lo más tradicional que tengan para desayunar. La camarera nos explica, en Inglés, que nos servirá pan, mantequilla y miel. Una mezcla suave y deliciosa que sienta muy bien a esa hora del día. Como nos han prevenido de que el café con leche no se estila tal y como lo conocemos en España, pedimos dos vasos de leche (la cafeína no nos sienta nada bien a mi compañero de viaje ni a mí).

Pagamos cuatro euros por el desayuno. El pan, sin tostar, al natural, era de textura consistente y de sabor suave.

De los once millones de personas que habitan Grecia, unos cuatro millones están censados en Atenas y sus alrededores, lo cual convierten a esta ciudad en un lugar bullicioso. Los atenienses de hoy no parecen descansar nunca. Las calles presentan una gran actividad y el tráfico de vehículos llega a resultar agobiante. Se trata de una ciudad extensa, pero plano en mano, nos damos cuenta de que los lugares de interés para el turista quedan delimitados entre el triángulo que forma la Plaza Omonia, la Plaza Síntagma y el Barrio de Plaka, a los pies de la Acrópolis.

Un guía, al que contratamos in situ por cuarenta y cinco euros, mientras ascendíamos a pie hacia la Acrópolis, nos ayudó a recordar tantos y tantos datos que uno aprende en las clases de Historia del Arte y creía ya olvidados.

La Acrópolis de Atenas se encuentra situada sobre un cerro desde donde se contemplan magníficas vistas de la ciudad, el puerto del Pireo, el mar y las montañas. Aconsejamos ir provistos de calzado cómodo que nos permitirá ascender por las rampas de grava y movernos con agilidad por ciertos desniveles del terreno.

En el Museo de la Acrópolis está prohibido tocar. Pero nuestro guía pide permiso a los guardas y nos permiten tocar las estatuas mejor conservadas y los bajo relieves.

En medio de algo más que brisa y mucho calor, nos despedimos de nuestro guía y aún nos quedamos un rato en la Acrópolis para tomar unas imágenes de recuerdo.

Cansados, descendemos por las rampas de grava y rodeamos la Acrópolis en busca de una taberna para comer en el barrio de plaka. En lugar de la tradicional musaka, prefiero pedir guiros para almorzar. Un plato muy socorrido y fácil de encontrar en cualquier lugar. Consiste en una base de pan con salsa de yogur, ajo y pepino, trozos de carne a la parrilla y patatas. De postre, vacalata, un pastel de milhojas con miel y sésamo.

A fin de rebajar un poco las calorías, mi compañero y yo decidimos recorrer a pie la distancia que nos separa del hotel para visitar algunos lugares como el Arco de Adriano o el templo de Zeus Olímpico, la Plaza Síntagma y contemplar el cambio de guardia de los Evzones en el palacio Real, actual sede del Parlamento Griego o la tumba del soldado desconocido. El paseo se alarga, pero merece la pena pasar por el Parque Nacional, pulmón de la ciudad, y seguir camino para ver el estadio olímpico. El hotel ya no queda lejos y a lo largo de la céntrica calle de panepistemiu tomamos unas fotografías de los edificios neoclásicos más bellos de Atenas, como son la Biblioteca Nacional, la Universidad y la Academia de las Artes.

En lugar de caminar, si no se dispone del tiempo suficiente o el cansancio ha hecho presa en nosotros, es muy recomendable descender al metro de Atenas, cuyo servicio es eficaz y económico. Cada billete univiaje cuesta 0,70 euros y existen bonos para todo el día cuya adquisición resulta muy ventajosa. El taxi es otra opción, claro, pero si no les gusta compartir vehículo con desconocidos ni negociar el precio del viaje antes de subir al coche, absténganse. El servicio de taxi en Atenas es realmente sui generis.

A la caída de la tarde, después de una buena ducha refrescante, emprendemos camino hacia el Barrio de Plaka para cenar en una típica taberna griega con espectáculo. Tabernas y restaurantes hay muchos en Plaka, pero se desaconseja entrar en los de la calle principal, Adrianu. Ofrecen mejor garantía los de las calles Misicleus y Eretheus. Nos decidimos por una taberna que encontramos muy animada con música y danzas griegas. Esta vez, pedimos cordero, muy bueno en estas tierras, y un plato típico llamado sulaki, similar a los pinchos morunos, siempre acompañado de arroz, patatas o verduras. Y como postre, helado con kidoki, una fruta parecida a la guayaba. En la cena no han faltado los entremeses y la famosa salsa de yogur.

Como las tiendas de Plaka siguen abiertas, aunque a punto de cerrar entorno a las once de la noche, y ya hemos presenciado algunas danzas, aprovechamos para dar una última vuelta y comprar regalos. Cruces griegas de plata, gargantillas con el símbolo de la eternidad, colgantes con la lechuza que simboliza la sabiduría de la diosa Atenea… Y, cómo no, un libro de recetas griegas en Español que encontramos entre otros muchos en diferentes idiomas.

Noche cerrada ya, pero la ciudad sigue latiendo en las tabernas y locales de moda. Atenas es ruidosa casi a todas horas. Uno se pregunta cuándo descansan sus habitantes, que diariamente circulan por sus calles a pie, en vehículos privados, en autobuses o en trolebús o que beben cerveza o café tranquilamente en una terraza charlando con los amigos. Cosmopolita, bulliciosa, dos adjetivos que contrastan con otra realidad, la del viento que sopla arriba en la Acrópolis entre las columnas de mármol de los templos más bellos de la antigüedad.

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