Córdoba, caliente y mora (agosto de 2005)

¿Cómo podré decir algo nuevo de una ciudad tan vieja, de la que tanto se ha hablado y de la que tantas y tantos se han enamorado?

 

Trataré, pues, de dar mi punto de vista, perdón, mi punto de oìdo, de tacto, gusto y olfato, contando la experiencia breve, pero intensa, de haber pasado

en ella dos días inolvidables.

 

He de confesarque llegaba con grandes prejuicios, pues sólo la cadencia de su nombre me hacía soñar y desear conocerla y ella no defraudó mi sueño.

 

Me recibió al mediodía, cuando más cantaba la chicharra y a pesar del sol inclemente, me sentí inmediatamente acogida.

 

Fue como si a medida que cruzaba el puente romano, el tiempo retrocediera y me vi sumergida en el sensual mundo andalusí.

 

Disfruté del paseo por las callejuelas estrechas y retorcidas de la Judería, escuchando el peculiar eco de los pasos y de las voces en sus revueltas y

me dejé hechizar por los lamentos jondos que surgían de cada tiendecita, por los olores a cuero y especias de los pequeños zocos y por los aromas

a azahar y jazmín que exhalaban los patios luminosos.

 

Calles tan amables que no dejaban pasar el plomo del sol, pero sí toda la alegría de su luz.

 

Por fin entré en la Mezquita, de la que sólo diré que fue para mí un ámbito de frescor y donde pude percibir un espacio de dimensiones difícilmente imaginables.

Pude, desde luego, aprender bastante de su historia a través de una buena audioguía, pero reconozco que fui incapaz de aprehender toda su grandiosidad

y belleza.

 

Después, ya atardeciendo me deleité con un exquisito té negro a la trufa en la tetería de un hamán donde, además de baños y masajes, había una amplia

oferta de aceites esenciales, aguas aromatizadas y demás productos para el goce del olfato.

 

Cuando salí del local con varios frasquitos en mi mochila, ya era de noche y la ciudad, que durante el día parecía haber sido abandonada en manos de

los turistas, era recuperada por sus legítimos dueños, los cordobeses, que ocupaban los parques con sus sillas plegables tratando de huir del aliento

ardiente que subía del asfalto de las calles. Era la hora de la charla distendida, del encuentro entre amigos y, en fin, de una discreta retirada por mi

parte.

 

Y mi último día en la ciudad aún me reservaba sorpresas agradables. Por la mañana pude sentir el frescor y la sugerente melodía del agua en las fuentes

de los jardines del Alcázar de los Reyes Cristianos y ya por la tarde, gracias al acertado consejo que me proporcionó una amable trabajadora de información

turística, tuve la oportunidad de visitar un espléndido

museo situado en la Torre de La Calahorra. Se trata de un museo interactivo que, a través de bellas imágenes intercaladas con textos filosóficos y poéticos

magníficamente leídos, nos propone una inmersión en aquella Al Andalus que, en sus siglos de esplendor fue ejemplo de desarrollo científico, ético y estéticoy,

ante todo, de interculturalidad.

 

Y tras este impactante viaje a un mundo tan mágico como desconocido, tuve que decir adiós a esta bella ciudad, que ahora recuerdo mientras mis manos

se deslizan lentamente por una piel bien impregnada en aceite esencial de azahar.

 

FURTIVA

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