El laberinto de maíz (noviembre 2008)

Puede que estas palabras te evoquen algún juego infantil, el recuerdo de un impulso formado de curiosidad y temor. Pero, si al igual que nosotros, por esos recovecos de la red, lees con sorpresa:

“FORMAS DE VIDA EN LOS LABERINTOS

Viernes 25 de julio de 2008

Laberinto de Maíz en el Camino de Santiago

Ayer, 24 de julio de 2008 comenzamos a marcar las calles del

Gran Laberinto de Maíz Leonés. El maizal presenta este año un aspecto extraño. La siembra fue irregular: surcos enteros vacíos conformando rectas avenidas que se pierden en el falso horizonte del maizal, y una enorme “calva” color tierra a la entrada reluciendo bajo el sol. Cuando el trazado del laberinto se superponga a estas anomalías,

el aspecto final que habrá de adquirir el campo de cultivo es una incógnita. Nos parece que va a resultar más complicado que nunca encontrar la salida.

Hoy concluiremos el marcado. El domingo de mañana se abrirán las calles del nuevo Laberinto y a partir del 1 de agosto el mundo podrá volver a perderse

aquí, en el centro de la provincia de León.”

 

¿Qué harías si te encuentras con esas líneas tentadoras y a la vez bisbiseantes de incertidumbres?

Nosotros, envenenados hasta las médulas del pecado original, tomamos los pertrechos necesarios, y una mañana soleada de noviembre nos dirigimos al lugar.

Tras completar con llamadas de móvil a la Empresa promotora las carencias del navegador, a eso de las 11 de la mañana, Emilio, amable guía, nos recibió junto a una acequia por la que borboteaba el agua.

-La finca que hay a mi espalda –nos dice, tiene una extensión de 10 hectáreas que todos los años sembramos de maíz. Cuando las plantas alcanzan una altura de un metro, con una segadora, la ayuda de marcas en el terreno y un g. P. S., trazamos el dibujo de las calles que forman el laberinto. En su centro, aproximadamente, hay un pequeño claro donde descansa un tronco que tiene grabada una inscripción, mezcla de caracteres prerromanos y de ficción.

Un grupo de personas se acerca e interrumpe la explicación.

Emilio nos presenta a los recién llegados:

Este señor es Enrique, su mujer y sus hijos, y tienen como una de sus aficiones mayores el “geocaching”.

Ese animal, pensamos escépticos, nunca ha habitado el reino de León.

Se trata, nos tranquilizan ambos, de esconder simbólicos tesoros protegidos por una caja de plástico, y que suelen contener, entre otras cosas, un diario o recado para escribir. En una página Web al efecto se indican las coordenadas dadas por el G. P. S. para su localización y, el afortunado que lo encuentre, repite la secuencia, anotando en el dietario el itinerario y demás.

Aunque la intención primera del cachinguista es de preguntar por unos castaños cercanos para aligerarlos de sus frutos, la atracción del laberinto puede más, y cuando el guarda prosigue su breve introducción, y caminando por una estrecha pasarela que salva la acequia, nos indica la entrada y la salida del maizal, junto a nosotros se disponen todos ellos.

Después de una breve deliberación, damos suelta a Tessa y Liana, Dos perras que, a tiempo parcial, trabajan de guías.

La excitación hace que marchemos a buen paso por las estrechas sendas que, si cuando se trazan tienen una anchura de 2,40 metros, al crecer las plantas que las rodean y extenderse sus hojas, apenas si dejarán un espacio de metro y medio. El suelo es bastante regular si se exceptúan algunas roderas de tractor de tanto en tanto, y a la persona que va delante se la puede seguir sin esfuerzo. No así a las perras cuya adrenalina las convierte en temibles proyectiles que van y vienen, encantadas de ignorar cualquier rumbo, pero sin alejarse.

Tenemos en la mente la claridad de una idea: buscar el centro explorando las callejuelas que se abren a nuestra izquierda. Las plantas forman a nuestro paso paredones de una altura nunca inferior a dos metros, y su frondosidad hace que, a pesar de la quietud del lugar, apenas se oiga a otros viajeros hasta que los tenemos al lado o a pique de tropezar con ellos en las encrucijadas. Únicamente, y muy espaciados, soplos de brisa producen un equívoco son de lluvia sobre las ásperas hojas.

Hacemos un alto. Llevamos una hora caminando y somos conscientes de que no hemos conseguido abandonar el sector por el que entramos. Nuestra intuición inicial se ve frustrada pues inexorablemente los callejones que tomamos nos devuelven, no sin antes dar vueltas y revueltas, a otros que ya nos son conocidos. Hacemos acopio de las posibilidades que tenemos de orientación:

Para la persona que ve, la trayectoria de unos cables de alta tensión. Las torretas ni existen dada la espesura.

Los que no vemos contamos con la posición del sol y los estertores de una carretera lejana.

Fijamos aproximadamente nuestra situación, decidimos utilizar ahora las desviaciones hacia la derecha y caminamos de nuevo.

Media hora después, y de sopetón, nos encontramos con un hijo de Enrique (el cachinguista), y unos minutos después con el resto de la familia. Según nos dicen, están utilizando un navegador de G. P. s. para dibujar el plano que van recorriendo. Esto les permite, no como a nuestro instinto peripatético, evitar la repetición de trayectos, pues, pocas cabezas habrá, por grandes que sean, que consigan retener un plano de tantas variaciones. Nos separamos y continuamos la indagación.

Un suelo más blando, roderas profundas y pequeños claros en los que confluyen hasta ocho calles, evidencian que hemos conseguido abandonar el área primera. Esta constatación nos satisface, pero al rato comprendemos que el número de bifurcaciones, y por tanto de errores por repeticiones, se ha incrementado de manera perceptible. La

humedad es muy elevada, el sol está alto y débil, y sin embargo nos sobran las prendas de abrigo y las botas van pesando. Al pasar por una zona en la que las cañas clarean, distinguimos en una paralela cercana la voz de Enrique. Lo llamamos para saber si han

encontrado el tronco con el mensaje cifrado.

-Todavía no, -responde a través de la mordaza del maíz, pero he llamado a Emilio y me ha dado una pista: está a la izquierda de los cables de alta tensión, y justo al lado del punto en el que veáis la cabeza del riego automático.

La espesura nos devora a unos y otros. Nada decimos, seguimos marchando, pero todos pensamos que si con la experiencia y medios que tiene la familia del cachinguista no lo han hallado en dos horas, nosotros, que vamos a cuerpo, ¡Difícil será!

No obstante, alguien del trío, que como no podría ser de otro modo, cree en la fortuna, e incluso en el azar, manifiesta su optimismo de raíz canina por medio de un embarullado criterio de probabilidades que presume ineficiente y al que, incluidas las perras, no presta nadie la menor atención.

Acordamos proseguir la búsqueda del centro media hora más: ya no disponemos de tiempo para dedicar a este experimento.

Tenaces seguimos la referencia de la línea eléctrica. Las sendas, hora nos dejan a la izquierda, ora a la derecha. Un largo bucle nos devuelve al claro de las ocho calles y un sinuoso óvalo también. Como el tiempo adopta múltiples modos de ser, según la percepción, nos parece que cuando algún callejón, por su trazado, nos obliga a alejarnos del tendido eléctrico durante unos segundos, hemos extraviado la buena dirección ¡Como si nos fuese dado despreciar la mala!

Después de un despliegue azaroso localizamos la máquina del riego automático, pero su cabeza no aparece por ninguna parte. Son las 13,30 horas. Resolvemos abandonar la empresa y dirigirnos a la salida.

Las perras corren, se empujan y juegan a caminar, una sobre otra, a seis patas como si el cansancio fuera una de tantas inconsistencias humanas.

¡Maldita sea!

¡Otra vez estamos en el claro de las cuatro calles!

Realizamos los movimientos que estimamos opuestos y…

¡Dios! ¡Estos andurriales ya los hemos recorrido! Unas plantas abatidas así lo atestiguan.

Tenemos clara la posición de la salida y sabemos que no está lejos, pero una traza, casi en espiral nos retiene y empuja al espacio de las ocho calles. Decidimos actuar sistemáticamente. Exploramos una a una todas ellas y el resultado es el mismo: el eterno retorno.

Las palabras de la literatura que nos trajo aquí, crepitantes como los palos de un navío que los elementos agravian, se abren palpitantes sobre las sienes con su densa turbación:

El nuevo nombre del laberinto es, ‘Las ruinas circulares’. “El título del famoso cuento de Jorge Luis Borges sirve de homenaje a este genial creador de mundos y sueños, de lugares, objetos y seres perdidos y olvidados,

de paradojas y destinos entrecruzados en el tiempo y el espacio que habita esa peculiar especie que se proclama humana a sí misma. Borges siempre manifestó su interés y pasión por los laberintos que hacían de la vida un juego inquietante y peligroso en el que cualquiera podría perderlo todo, o perderse a sí

mismo.”

Hacemos un alto para considerar el asunto. El genial argentino, a pesar de todo, es más pesimista que nosotros. La Ilustración y su método anestesian buena parte de la incertidumbre.

Desde un teléfono móvil llamamos a un contacto del laberinto. “el aparato está fuera de servicio.”

Es preciso, por tanto, caminar alejándonos de los claros, tomar metódicamente todas las salidas que aparezcan por la izquierda, y hacerlo rápidamente, porque una niebla va empañando la ya lánguida consistencia solar.

Nadie habla. Sólo el ruido sordo de las pisadas, el desordenado trote de las perras y el fantasma de la lluvia con el que los soplos de brisa estremecen las hojas, distraen el merodeo del agobio.

Secretamente, donde el manantial del pudor todavía es luz de cielo, cada cual se representa, siente o piensa de qué materia estarán trenzados los afanes de aquellos hombres aventurados por océanos, desiertos, selvas y eternos hielos. ¡Cómo sería el poder atronador de sus dioses, la espuela en el alma de sus ambiciones, para hacer llama viva y casi permanente de lo que tan a prisa consume al hombre!

De repente, abriéndose paso por el paredón de maíz, Emilio, el guardián, aparece a nuestro lado.

¿Habéis encontrado el tronco con los jeroglíficos?

Obviando alguna de las reglas del laberinto, tal es la de no abandonar nunca las sendas y echar maizal a través, nos acompaña hasta el lugar deseado que, para alimentar nuestra moral, pocos alcanzan y al que muy cerca teníamos.

El tronco es una hoguera de colores. Son caracteres ilegibles que de izquierda a derecha se agrupan en cuatro bloques: 2, 6, 4 y 4 supuestas letras. Conforman una frase que, según Emilio, está relacionada con una serie de ficción que una televisión exhibe actualmente.

A Nosotros se nos ocurre una de inmediato:

El futuro está aquí.

Emilio ríe y masculla unas palabras acerca de las creencias.

De paso hacia la salida, nos comenta que en la página Web del laberinto van a ir apareciendo claves para descifrar el enigma. Le hacemos saber que, en nuestra calidad de ciegos, toda la página es una incógnita.

-Somos conscientes, dice, y muy pronto será accesible.

Al otro lado de la acequia, en mitad de las tierras, se levanta una estructura metálica por la que nos interesamos. Es un mirador.

Por supuesto, subimos. Arriba, a una altura de unos 7 metros, una pequeña plataforma protegida por una barandilla nos transmite sus vibraciones.

El aire, más frío, más puro, si posible fuese, trae a ráfagas el resuello de los campos, y un diluvio de hojas cercanas avanza lento y sugerente como un fruto que madura a su compás. La amable bestia verde de un millón de escamas, se solaza a nuestros pies, perezosa y calma, aguardando el atardecer.

 

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