Las cataratas de Iguazú (Argentina, Brasil, 2004)

Visita de dos días en agosto 2004

El Iguazú, como ya se sabe, es un río que discurre de este a oeste, y a unos 18 kilómetros de su desembocadura en el Paraná dada una falla en el terreno, precipita todo su caudal (de 1,5 a 13 millones de litros por segundo) desde una altura media de 65 metros, formando 275 saltos en un abanico de casi tres kilómetros. Situándose el 78% en territorio argentino y el resto bajo administración brasileña.

Las visitas, por tanto, tienen dos perspectivas:

Desde jurisdición brasileña, las cataratas se aprecian de frente, constituyendo una línea discontínua de cortinas de agua borbollante, cuyo sonido, desconcertante a veces, está compuesto por numerosos matices de tonos y timbres; no en vano el tamaño y la caída varían de una a otra, pero siempre subyace el retumbar inquietante del conjunto.

Además, el camino artificial, que transcurre por parajes cercanos a la selva, y que posee numerosos escalones y otros accidentes menores, nos va acercando a los saltos, llegando en ocasiones a situarnos tan sólo a 3 o 4 metros de los mismos, tal es el caso del llamado Floriano.

Un ascensor permite a las personas en silla de ruedas acceder, al menos parcialmente, a la zona inferior.

El lado Argentino, al que se puede ingresar tomando un pequeño tren ecológico que transcurre por parajes vírgenes, muestra aguas más sosegadas, pero el sistema de pasarelas metálicas, perfectamente transitables, nos permiten caminar suspendidos sobre el río y gozar de la frescura encima de algunas crestas de los saltos.

Estos senderos metálicos suelen tener una anchura de dos metros y un diseño bastante funcional y accesible, si bien, tanto en sus cercanías como en todas las vías de la reserva, las veementes trepadoras, expansivos bambúes y numerosos árboles inquietos asoman sus ramas a las mismas, y debe cuidarse uno el rostro de sus carantoñas desmedidas.

En esta localización del parque, Destaca la caída denominada garganta del diablo, que se produce desde una altura de 80 metros y que puede ser visitada, mediante pago y grupo organizado al efecto, las noches de luna llena.

Para completar el espectáculo natural y evocador del río, empequeñeciendo la dimensión humana en relación con su despliegue de potencia y belleza, unas lanchas rápidas remontan el cauce danto tumbos, unos en serio, por los rápidos, y los más de a cuarto, y nos llevan al pie de algún salto, tan cerca que la dispersión del agua y una maniobra condenada del piloto, hacen que nos empapemos si no vamos provistos de ropas impermeables.

Para tomar estos lanchones es preciso utilizar, de subida y bajada, no menos de 100 escalones, algunos irregulares pero sin peligro real, salvo que uno quiera hacer el jabalí, en cuyo caso mejor que siga otra trocha por la selva.

Decimos esto porque, en lo general, los guías del lugar y los excursionistas están prestos a ayudar, existiendo también barandillas en todo el recorrido a las que agarrarse, pues aquí no está bien visto cogerse, al menos, en público y a plena luz.

Por otra parte, unos camiones, si así lo queremos y pagamos, nos conducirán a lo largo de 8

kilómetros por el interior de la selva. Un guía nos ilustrará sobre flora y fauna, completando como de paso, la magnífica exposición de sonidos y aromas que, incluso en invierno, aquellos parajes nos ofrecen, pues ha de tenerse en cuenta que el clima subtropical del lugar no da descanso estacional a sus moradores.

Pero si usted, intrépido explorador, no se ha topado con un puma, ni ha visto al tucán, y ni siquiera le ha sido posible distinguir el cascabel de una serpiente entre el bullicio de la vegetación, en cualquier lugar de la reserva, mejor si es urbanizado, tome un trozo de chocolate y muéstrelo a los seres invisibles. Probablemente, un Coatí, mamífero carnívoro del tamaño de un pequeño perro, con hocico puntiagudo, cara de roedor, tronco y patas felinas y cola en posición vertical, se le acerque desvergonzadamente y se sirva sin permiso.

A los lugares de servicio, acuden algunos animales en busca de las sobras de alimentos, basuras orgánicas o simples donativos de “la turistada”. Destacan sobre todo especies de aves necrófagas que de otro modo nos sería difícil obserbar en su hábitat originario.

Y dado que la ecología, nada es si no incluye al hombre,

Los operadores turísticos nos ofrecerán, sin mucho entusiasmo, un viaje en catamarán por el río Paraná que, si las condiciones ambientales lo permiten, conviene, al menos en parte y como siempre, hacerlo en cubierta, y recibir allí las explicaciones, bien documentadas, del guía

Durante la travesía, una actuación musical en directo nos aproximará a la música popular de la región y, a menos de dos horas, desembarcaremos en una playa fluvial. En ella una comunidad

indígena realiza sus ritos sagrados a la luz de antorchas, bastante indiferente a nuestra llegada, presencia y partida.

Ya de regreso, un enlace de las comunidades guaraníes dispondrá un puesto en el que mostrar y vender artículos fabricados por esos nativos.

A cambio de nuestra incursión en el territorio aborigen, la comunidad, diezmada por la acción de fertilizantes, pesticidas etc., recibe alimentos complementarios para su dieta y la visita de un médico un día a la semana.

En otro orden de asuntos, indicaremos que se nos habló de la próxima innauguración de una maqueta accesible al tacto, representando el parque del Iguazú, así como de que en el centro de visitantes del mismo, existe una muestra de animales disecados y minerales representativos. Del estado de ambas cuestiones no podemos dar fe.

No obstante, para las personas ciegas o de baja visión, curiosas y prudentes en el consumo, aconsejamos, como siempre, acudir a las tiendas cercanas, sobre todo si comercializan artículos de recuerdo, ya que suelen mostrar reproducciones de todo tipo, inasequibles para nuestro conocimiento esquemático, de otro modo, si se trata de obras arquitectónicas, por ejemplo.

No digamos ya nada, si hay que acercar la mano a un yacaré o una coral que no sean de resina y se muevan, además, perezosamente.

Por último, y partiendo del gran auge del turismo en el citado parque del Iguazú, y de la excelente disposición que hemos encontrado en su personal, sería interesante que las personas con dificultades de accesibilidad hiciesen sus propuestas de mejora y, desde luego, lo visitasen, pues no existe reivindicación mejor fundada y convincente que nuestra presencia y hechos.

Sancibrián, 7 de septiembre de 2004

José Antonio ferrero Blanco

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