Suecia no siempre es fría y oscura (abril de 2006)

Por Pedro Zurita

 

(Artículo publicado anteriormente en la revista PERFILES).

 

Siempre llamó mi atención que hubiera zonas del planeta donde, en el transcurso de determinados períodos del año, hubiese luz durante las 24 horas del día. Esa realidad tiene lugar en el Círculo Polar Ártico, englobado por el paralelo más cercano al Polo Norte. En el solsticio de verano, el sol -allí- no se sitúa bajo el horizonte a lo largo de las 24 horas; nos encontramos, entonces, con el sol de medianoche. Por el contrario, en el solsticio de invierno no es perceptible el sol por encima del horizonte; es el momento en que nos enfrentamos a la oscuridad de mediodía.

Mis amigos suecos, con encomiable generosidad y eficacia, me invitaron a pasar, en junio de este año, unos días en aquel entorno y disfrutar del fenómeno natural del sol de medianoche.

 

Tierra de extremos

La complejidad del mundo hace que adquiramos, de lo que no conocemos con demasiada profundidad, una imagen excesivamente simplificada. Pensamos en Suecia, y en el Norte de Europa en general, como un ámbito de frío intensísimo, donde «casi siempre es de noche». Lo cierto es que esa zona geográfica de nuestro planeta está sometida a enormes extremos. Acaso ello explique que los puntos culminantes de invierno y verano se celebren allí con especial solemnidad. ¿Sabían que el 21 de junio es la fiesta nacional en Suecia, con características comparables a nuestra Nochevieja?

Karl Roth, colaborador desde hace muchos años de la Asociación Sueca de Deficientes Visuales (SRF), planificó con inequívoca maestría nuestra estancia en aquel país desde que aterrizamos allí el domingo 16 de junio hasta nuestro regreso a España una semana después. Iniciamos nuestro periplo volando al norte, a la ciudad de Lulea, que sería nuestro centro de operaciones durante esta estancia en las proximidades del Ártico. Contamos con un anfitrión excepcional, Björn Löfstedt, director gerente de la firma productora de impresoras Braille Index, y en una parte de nuestro deambular por aquellos parajes disfrutamos también de la valiosa y agradable compañía de Lennart Nolte, presidente de la SRF, que, junto a Index, fueron las entidades que transformaron en realidad este sueño que yo anhelaba hace años. En esos días, mis sentidos pudieron percibir claramente el palpitar de un indudable verano.

 

En el Círculo Polar

Viajamos hasta Juoksengi, la localidad en la que los sofisticados sistemas de posicionamiento terrestre sitúan el Círculo Polar Ártico geográfico; me describieron el paisaje sin duda hermoso que nos rodeaba; bebí agua cristalina de los ríos de la zona; y hube de conformarme con palpar, disecados, los animales típicos de la región más septentrional de nuestro planeta. Entre ellos, el reno, como los que a menudo se nos atravesaban en la carretera. Su deliciosa carne abundaba en nuestras comidas, como – naturalmente- los pescados de la zona.

Desde Lulea, Björn nos llevó también, esta vez en barca, a visitar la pequeña isla de Liskaer. Y he de confesar que viví la experiencia de una travesía marina plenamente natural, durante la que las olas del Báltico nos acariciaban con indisimulada violencia… Aunque me tranquilizaba la calma que percibía en mis compañeros de viaje, he de confesar que, por dentro, experimentaba cierta sensación de miedo… Como iba junto a quien guiaba la barca, no pude evitar preguntarle si había hecho ese recorrido muchas veces, y si en alguna ocasión no había sido también presa del terror: me confesó que sí.

 

El reloj biológico

Al carecer yo de la posibilidad de cualquier percepción luminosa, mi reloj biológico seguía funcionando regularmente, de forma que antes de la medianoche sentía deseos de dormir, y -de hecho- nunca estuve en pie hasta las doce. No obstante, creía a pies juntillas lo que me decían, pues los signos de vida en nuestro derredor eran evidentes.

Soy muy consciente de que no se daban las circunstancias propicias para ello, pero reconozco que me hubiera encantado convivir de cerca con los pobladores autóctonos de la región, los lapones, o -en lenguaje políticamente correcto- los Samis: montar en sus trineos arrastrados por renos y aprender alguna palabra de su idioma.

El día 21 de junio, celebramos el solsticio de verano en un medio totalmente sueco. Experimenté entonces, como en tantas circunstancias ocurre, el deseo de hablar con soltura la lengua del país… Suecia me atrajo siempre, pues consideraba que allí se han empeñado, con toda seriedad, en la construcción de una auténtica sociedad para todos. Pero su integración en la Unión Europea, y sobre todo los efectos de la mundialización, basada fundamentalmente en factores económicos, hacen muy difícil que Suecia conserve aquel enfoque social. Ello no obstante, algún argumento nos resta para esperar que no se pierdan del todo las esencias del estado de bienestar, del que los suecos han sido durante décadas un auténtico estandarte, pues las transformaciones en este país no han sido la sencilla obra de una minoría; los artífices de aquellos logros han sido, fundamentalmente, las organizaciones sociales de base.

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